domingo, 30 de enero de 2011

Te veo, no te veo

A lo largo de tu vida es, ha sido o será inevitable chocar, en alguna ocasión, con algún órgano político en cualquiera de sus manifestaciones.
Ahora mismo, en este preciso instante, mientras estás leyendo esto, ¿Eres consciente de los recursos utilizados para que tu ordenador no se apague de repente?
¿Eres consciente de cómo influye en tu vida la macroeconomía rusa, el aumento del paro en Cuba o la nueva estrategia publicitaria de Nike?
Lo cierto es que hay muchas cosas de las que no somos conscientes, es natural. De hecho, poco sabemos de la cantidad de factores que entran en juego en nuestra vida.
Pero hay algo que sí tenemos claro. Es una verdad inalienable, un pilar básico, y por eso no nos alarmamos: somos libres para permitir o no que todos esos factores ajenos hagan acto de presencia en nuestras vidas.
Permíteme ponerlo en duda por un momento.

¿Y si no somos libres para tomar nuestras decisiones? ¿Y si en realidad actuamos social, política o económicamente arrastrados? ¿Y si tan sólo somos peones a disposición de un enrevesado sistema?
Mantengamos el hipotético caso unas líneas más: Ahora mismo, o al menos cuando yo escribí este blog, el paro rondaba el 20% del total de la población; el 50-60% entre los jóvenes. ¿Qué supone eso? Supone muchísimas cosas. Supone que la familia Fazzazi, del sur de Marruecos, no emigrarán a España sino a Francia. Supone que aquella ambiciosa accionista neoyorquina no apostará por acciones españolas sino que se decantará por invertir en energías renovables. Supone que muchas de las personas que cursan mi mismo bachiller corren en riesgo de engrosar la lista de víctimas de esta trágica situación.

Lo que a su vez quizás nos condicione para estudiar más, para ahorrar más, para que tus padres te digan que no, que no hay dinero para esas zapatillas Nike.

Nos vamos dando cuenta de que quizás en nuestra vida sí juegan factores que no controlamos.
¿No te da miedo ver tu cara en el cuerpo sin gracia de una marioneta?

No sólo vivimos creyendo que somos libres, creyendo que somos nosotros quienes tomamos nuestras decisiones. Sino que dentro de este mismo sistema lleno de casos hipotéticos, irónicas -e inexistentes-casualidades, presión social; se nos incita a pensar que así es, que somos nuestros propios dueños.
Estas palabras tan abstractas poco o nada dicen.

Por ello me atrevo a tomar como ejemplo algo tan altivo, tan lejano, tan nombrado. Algo que nos somete de una forma cruelmente represiva, con un sarcasmo atroz. Algo que a veces se deja ver, y otras veces no:

Nuestra idea de democracia


Democracia.
Con frecuencia escuchamos que somos afortunados de que nuestro estado sea un estado democrático. Pero lo cierto es que esta palabra es extremadamente ambigua, de hecho es la esencia de esa ambigüedad la que da lugar al sistema actual y la que da lugar a este blog.
Democracia -definámosla ya- significa que el poder emana del pueblo. Es una forma de gobierno en la cual el legítimo poder de los miembros del estado se puede traducir de varias
formas:
Democracia directa, en la cual las decisiones son adoptadas directamente por el pueblo, y democracia indirecta, cuando el poder es ejercido por un representante elegido.

Tuve un profesor que utilizaba esta metáfora: Cada persona tiene un trocito de poder muy pequeño, casi insignificante él solo. En este mundo puede hacer dos cosas: utilizar ese trocito de  poder junto con el resto de la población cada vez que se requiera, o prestarlo cada cuatro años y no volverlo a ver.


Todo esto aparece en mi mente cuando oigo expresiones en la línea de 'voto útil', 'votar al menos malo', etc. Democracia me parece una palabra obscenamente ambigua, que da lugar a pseudo teatrales malentendidos debido a hechos como que durante la Transición los viejos poderes acordaron con los nuevos poderes las bases del sistema actual. Bases todavía presentes, como la democracia indirecta, o como el funcionamiento de nuestros órganos políticos actuales
Hechos como que el presidente del partido presuntamente socialista se reúna con las empresas más ricas para decidir sus medidas económicas.
Hechos como que el 85% de los ancianos viven por debajo del umbral de pobreza.
Hechos como que la mayoría de personas que lean este blog tardarán mucho, mucho tiempo en vivir con la calidad de vida de sus padres.

Me pregunto cuál es el significado de la libertad. Me pregunto dónde está la justicia. Me pregunto qué pasa con la igualdad, la solidaridad y todos esos ejemplares valores que quizás sólo existan en un vocabulario demasiado optimista.

¿Cómo? ¿Por qué?

Bueno, pero entonces, ¿cómo un sistema controlador, dirigido por unos pocos, sigue en pie?
¿Por qué la población no se ha levantado, como en los libros de historia?

Es debido a la cultura.
La cultura es el órgano más represivo e invisible que el sistema tiene. Pero nos, aporta, a su vez, un valioso bagaje de conocimiento.
La cultura, digámoslo así, es la herencia que otras generaciones nos han dejado, evitando que comencemos desde cero en cada generación. Nos ayuda, por medio del conocimiento popular, a adoptar un comportamiento que no hemos establecido nosotros pero que nos es útil en muchos aspectos de nuestra vida.
Tomando como ejemplo una situación cotidiana: ¿por qué golpeamos con las monedas la máquina de café cuando no las acepta? -Nadie lo sabe, pero seguimos haciéndolo porque, por algún motivo, funciona.

Pero la cultura tiene, como decía, sus desventajas.
Si aceptamos con tanta gratitud esa cultura, es –no inevitable, sino- OBLIGATORIO interiorizar estructuras sin ni siquiera cuestionarlas. Prescindiendo de filtro.
Porque es imposible pretender disponer parcialmente de las conclusiones de otras generaciones si no tomamos a ciegas muchas de ellas.
Y ahí está la trampa, porque si los medios de comunicación y producción tienen propietario, el susodicho tiene un infinito poder sobre nuestras mentes.
De nuevo expondré un ejemplo: ¿cómo van los italianos a ser libres, cómo va su cultura a estar limpia de intenciones, si los canales de televisión –entre otras cosas- son propiedad de su gobernante?
La cultura es la responsable de fenómenos tales como la intolerancia, tales como el hecho de que la sociedad no se levante, y se apague con esta sumisión.

Desobediencia cultural

Nos encontramos, pues, en el momento en que el actor sale de escena con sus palabras todavía suspensas en el ambiente. En el momento en que el artista se aleja de su obra para contemplar el producto de la urgencia de su pincelada.
En el momento en el que el ciudadano
acude, como un niño desorientado, a los severos brazos de la filosofía. Le aportan seguridad, porque sabe que la única  respuesta a la delirante historia de los ‘debería’ reside en la capacidad de someter a juicio.
La revolución comienza no solo por la necesidad, sino también en la ancestral capacidad de echar a nuestros ojos el ardiente colirio de la crítica.

Desobediencia cultural es uno de los muchos conceptos que enfrascan una visión rebelde y ávida de cambio, de sabiduría y coherencia, de reflexión y armonía. Es la expresión empleada por Raul Fornet (filósofo cubano, 1948) para referirse a la limpieza de juicios previos, de pilares preestablecidos, de excesivos matices.
Desobediencia cultural es el primer paso que da el sabio, insurrecto. Observa calladamente la realidad mientras se libera de dogmas y supersticiones, de criterios robados, de tradiciones interpretativas y de hechos asumidos.
La clave no está en adaptarse, sino en crear.
La cultura es un punto de partida imprescindible para algunos aspectos claves de nuestra vida, pero a la vez nos ciega ante la verdad. Porque la verdad es todo lo acontecido en cada rincón y corazón, y la cultura es una interpretación que huele a polvo viejo.
Raul Fornet de dedicó a reunir la cultura internacional y crear un saber popular, mestizo. Supo retroceder a nuestros orígenes puros de disciplina, supo renegar de una educación que, como la nuestra, nos hace serviles incapacitando ese movimiento del artista que contempla su obra, del actor que escucha su eco.
La doctrina a seguir es la anti-doctrina.

Un estado no es democrático hasta que no enseña a filosofar.
No vamos a construir ningún sistema decente sin antes filosofar.
Lo cual nos remite, de nuevo, a nuestra situación. ¿Seremos valientes para dar el primer paso?

¡Te pillé!

Supongo que las conciencias más despiertas tendrán ahora, al menos, una mínima inquietud.
¿Esperas, de veras, que finalice este blog con un final feliz y poder irte impunemente?
Vivimos en un mundo de cielos opacos y mares de cemento. Convivimos con fantasías ficticias, trastornos mentales.
El resumen más optimista posible es la idea, lejana y brillante, y posible, de que el ser humano despierte. De que el ser humano se revele contra sí mismo y se niegue, tanto individual como colectivamente, a mantener los absurdos de hasta ahora.
Las personas necesitamos comprender que no estamos encerradas en el movimiento de la inercia. Necesitamos interiorizar que las fronteras, los horarios, las normas –escritas o no- ¡son un invento!
Necesitamos despertar de este sueño loco y difuso.

Los niños pequeños pasan, a la edad de tres o cuatro años, la etapa en la cual constantemente se preguntan el por qué de las cosas. Cierto filósofo –cuyo nombre no recuerdo- dijo que la verdadera sabiduría comienza después de nombrar y cuestionar lo evidente.

Caminemos hacia una revolución en todos los sentidos. Renombremos las cosas, volvamos a darle sentido a las palabras que lo perdieron. Y, en este proceso, construyamos de verdad un estado justo e igualitario, coherente y transparente.
Un estado NUESTRO.
El ser humano nace libre. Permitámosle serlo también a lo largo de su existencia.