domingo, 30 de enero de 2011

¡Te pillé!

Supongo que las conciencias más despiertas tendrán ahora, al menos, una mínima inquietud.
¿Esperas, de veras, que finalice este blog con un final feliz y poder irte impunemente?
Vivimos en un mundo de cielos opacos y mares de cemento. Convivimos con fantasías ficticias, trastornos mentales.
El resumen más optimista posible es la idea, lejana y brillante, y posible, de que el ser humano despierte. De que el ser humano se revele contra sí mismo y se niegue, tanto individual como colectivamente, a mantener los absurdos de hasta ahora.
Las personas necesitamos comprender que no estamos encerradas en el movimiento de la inercia. Necesitamos interiorizar que las fronteras, los horarios, las normas –escritas o no- ¡son un invento!
Necesitamos despertar de este sueño loco y difuso.

Los niños pequeños pasan, a la edad de tres o cuatro años, la etapa en la cual constantemente se preguntan el por qué de las cosas. Cierto filósofo –cuyo nombre no recuerdo- dijo que la verdadera sabiduría comienza después de nombrar y cuestionar lo evidente.

Caminemos hacia una revolución en todos los sentidos. Renombremos las cosas, volvamos a darle sentido a las palabras que lo perdieron. Y, en este proceso, construyamos de verdad un estado justo e igualitario, coherente y transparente.
Un estado NUESTRO.
El ser humano nace libre. Permitámosle serlo también a lo largo de su existencia.





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